Los mitos fundacionales y la manipulación de la historia (II)

La batalla de Covadonga en los manuales escolares

Hemos consultado algunos manuales escolares de historia del periodo franquista para ver cómo se aborda el tema de don Pelayo y la batalla de Covadonga. Naturalmente, en ninguno de ellos se habla de un ejército de cerca de 200.000 sarracenos frente a un puñado de hombres capitaneados por don Pelayo, aunque se dicen otras cosas… En el manual de Geografía e Historia de 2º de Bachillerato del plan de 1938 (Geografía e Historia, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1944), se dice que los cristianos refugiados en las montañas cantábricas eligieron por rey a Pelayo, que estableció su corte en Cangas de Onís. El “pequeño ejército” de Pelayo, perseguido por Alkama, se refugió en la cueva de Covadonga e imploró la “protección y auxilio de la Santísima Vírgen”. El texto se refiere asimismo a cómo las tropas de Pelayo ocuparon después las alturas del desfiladero, desde donde les lanzaron saetas y enormes piedras que hicieron estragos entre las “compactas filas infieles”. Y añadía que, según “la tradición”, se desprendió el monte que pisaban y la mayoría quedó sepultada en el fondo del valle por donde corre el río Deva. Este éxito guerrero habría dado ánimos en el “naciente Estado”. Como se ve, el texto hace alusión a que Pelayo imploró el auxilio de la Vírgen María, y, para el relato de que la mayoría de los enemigos quedaron sepultados en el valle, se recurre a la tradición. En este manual, la manera de exponer los hechos atribuye a la tradición el carácter milagroso de la victoria, lo que constituye una forma de no implicarse en la visión mítica, sin tampoco negarla.

El mismo relato encontramos en otros manuales escolares de la era franquista, como en Elementos de Historia de España (Editorial Bosch, Barcelona, 1950), cuyo autor José Luis Peña, catedrático en el Instituto Balmes de Barcelona, lo es asimismo de numerosos manuales escolares de este periodo. El que nos ocupa, para niños de 2º curso de Bachillerato, es decir, de unos 12 años, se expresa más o menos en los mismos términos que el anterior. Después de referirse a cómo Alkama y su ejército se adentraron por estrechas gargantas y desfiladeros, habían sido derrotados en la batalla de Covadonga que, a la importancia de los “hechos extraordinarios ocurridos en ella une el valor simbólico de ser la primera de la Reconquista”. Sin especificar cuáles fueron esos “hechos extraordinarios”, se señala que esta victoria frente a un enemigo superior infundió ánimos a los pequeños “estados cristianos”, que vieron en este triunfo la intervención de la Providencia”. El texto no dice que los cristianos vencieran gracias a la Providencia, sino que éstos lo creían. En cuanto a la expresión “estados cristianos”, nos paree inadecuada en este contexto. A todo lo más cabría hablar de focos o núcleos de resistencia a la invasión musulmana, y, aun así, el único que existía en el siglo VIII era el de Asturias. Los demás datan ya del siglo IX: Navarra, con Íñigo Arista, rey de Pamplona, Aragón, que empezaría siendo un condado, y los condados de los Pirineos orientales, el más importante de los cuales, el de Barcelona, terminaría imponiéndose a los demás.

Más que la narración de los hechos son los comentarios que los acompañan los que revelan el pensamiento que se quería inculcar y trasmitir a los alumnos. “Durante la Reconquista”- decía uno de los comentarios- “se va formando nuestra personalidad nacional. Se conserva en un principio bastante de lo romano y algo de lo germánico, pero lentamente se va elaborando el elemento esencial: lo hispano (en cursivas en el original), que va tomando cuerpo al calor de la lucha y del contacto que ella implica”.

Los mitos fundacionales de Cataluña: Wifredo el Velloso

Los núcleos cristianos de las zonas montañosas de los Pirineos pasaron bajo la dependencia y protección de los reyes francos Carlomagno y Ludovico Pío. Era la zona que se conocía como la Marca Hispánica, un territorio situado entre el reino franco y la España musulmana, en la que los numerosos condados de un lado y otro de los Pirineos gozaban de alguna autonomía, pero dependían del reino de los francos. Fue en este contexto en el que surgió la figura de Wifredo el Velloso (Guifré el Pilós, para los catalanes), investido en 870 por Carlos el Calvo conde de Urgel y Cerdaña. En las luchas intestinas que se sucedieron entre los señores feudales partidarios de Carlos el Calvo y después su hijo, Luis el Tartamudo, y Bernardo de Gothia, Wifredo el Velloso supo hábilmente ponerse del lado del vencedor, es decir, Carlos el Calvo, que lo recompensó entonces con algunos de los condados de los que había sido despojado el de Gothia, como eran los de Barcelona, Osona, Gerona y Besalú.

Wifredo el Velloso aprovechó la desintegración de la monarquía carolingia, particularmente después de la muerte de Carlos el Gordo en 888 y las luchas intestinas que siguieron, para instaurar la transmisión hereditaria de los condados, en vez de ser por designación regia. Desde finales del siglo IX, los condes no eran ya los delegados de los reyes, sino que actuaban con total independencia en sus dominios.

Al Wilfredo el Velloso histórico se superpuso la imagen mítica de un Wifredo el Velloso, padre de la patria catalana, que tuvo su origen en la Gesta comitum barchinonensium (Gesta de los condes de Barcelona), escrita por los monjes de Ripoll en el siglo XII, en la que, para justificar la transmisión hereditaria de los condados, se exalta la figura de Wifredo el Velloso como fundador de la casa condal de Barcelona. En resumidas cuentas, gracias a su lucha, por un lado, contra los musulmanes, y, contra los reyes francos, por otro, habría conseguido la independencia del condado de Barcelona y de los que de él dependían. El nombre de Cataluña (Catalunya, en catalán), que no existía hasta entonces, surgió asimismo en el siglo XII. A Wifredo el Velloso se le atribuye también ser el creador de la bandera catalana de las cuatro barras rojas.

Según esta leyenda, surgida mucho más tarde, en el siglo XVI, habiendo resultado herido Wifredo el Velloso en una batalla contra los musulmanes, el emperador carolingio mojó su mano derecha en la sangre que manaba de la herida del conde, colocando luego los cuatro dedos ensangrentados encima del escudo dorado. Así nacería la llamada señera, que pasó a ser el escudo del Reino de Aragón, tras la unión personal del condado de Barcelona con el reino de Aragón por el matrimonio en 1150 de Petronila, hija del rey aragonés Ramiro II, con el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV. Esta unión personal o dinástica solo sería, no obstante, efectiva a partir de 1164, en que el hijo de ambos, Alfonso II, por renuncia de su madre, Petronila, a la Corona de Aragón, reunió, junto a ésta, el condado de Barcelona.

Todos los mitos creados en torno al personaje de Wifredo el Velloso por los monjes de Ripoll en el siglo XII serían retomados por los ideólogos de la Renaixença en el siglo XIX, que harían de este personaje un héroe legendario, como adalid de la independencia de Cataluña del Imperio carolingio. Frente a esta versión manipuladora de la historia, el relato que hace el historiador Rafael Altamira de Wifredo el Velloso y los orígenes del condado de Barcelona se basa en una interpretación rigurosa y racional de los hechos, sin concesiones a la leyenda o el mito.

María Rosa de Madariaga

Historiadora

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María Rosa Madariaga
María Rosa de Madariaga es Licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid, diplomada en lengua, literatura y civilización árabes de l’ Institut National des Langues et Civilisations Orientales (INALCO) de Paris, y doctora en Historia por la Universidad de Paris I (Panthéon-Sorbonne). Tras enseñar lengua y civilización españolas en la Universidad de Paris IV, fue durante años funcionaria internacional en el Sector de Cultura de la UNESCO. Es autora de las obras España y el Rif. Crónica de una historia casi olvidada (1ª edición, 1999; 3ª edición, 2008), Los moros que trajo Franco. La intervención de tropas coloniales en la guerra civil (1ª edición, 2002; 2ª edición, 2006), En el Barranco del Lobo. Las guerras de Marruecos (1ª edición, 2005; 3ª edición, 2011), Abd el-Krim el Jatabi. La lucha por la independencia (2009), Marruecos, ese gran desconocido. Breve historia del Protectorado español (2013), Historia de Marruecos (2017) así como de numerosos artículos sobre las relaciones entre España y Marruecos, publicados en revistas españolas y extranjeras y en obras colectivas. Ha participado también en varios documentales españoles y extranjeros sobre Marruecos. En 2015 salió publicada una nueva versión corregida y aumentada de su libro Los moros que trajo Franco.

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