LA PLACA Y EL CHANTAJISTA

La placa y el chantajista.

En la antigua plaza Antonio López el ayuntamiento de Barcelona mediante la concejalía de Memoria Democrática ha puesto una placa que entre otras cosas afirma lo siguiente:

“Debido a la connotación histórica negativa y nada ejemplar del personaje, en 2018, el ayuntamiento de Barcelona retiró el monumento retiró la estatua y el 26 de marzo de 2022 cambió el nombre de la plaza por el de Idrissa Diallo”.

Aparte de los evidentes errores gramaticales, fruto sin duda del poco cuidado de quien escribió y revisó el escrito; la concejalía de Memoria Democrática ha escogido un texto de Francisco Bru publicado en 1885 para justificar el damnatio memoriae al que se está sometiendo a los López por parte del consistorio barcelonés

Francisco Bru, cuñado de Antonio López y López, escribió a lo largo de su vida tres libelos en contra del marqués de Comillas: Fortunas improvisadas (1857), La Verdadera vida de Antonio López y López (1885) y El marqués de Comillas, su limosnero y su tío (1895).

Los dos primeros le llevaron a la cárcel por injurias al no demostrar, como no lo demuestra en sus libros, los presuntos delitos cometidos por Antonio López. En el primero de ellos, las acusaciones contra su cuñado se limitaban a una supuesta malversación a la hora de gestionar la herencia familiar tras la muerte de su padre Andrés Bru.

Andrés, socio y suegro de Antonio, nombró albacea testamentario a su yerno, creyéndole el más capaz para gestionar el complejo entramado societario tras su muerte.

Los Bru, liderados por Francisco, el mediano de los hermanos, pleitearon contra Antonio López perdiendo todos los juicios y aceptando finalmente el reparto de los bienes obtenidos por la venta de los activos de Andrés Bru.

Pese a la aceptación del reparto de la herencia ante los tribunales, Francisco se empecinó en una cruzada particular contra su cuñado, en parte agobiado por las deudas y en parte, envidioso por el éxito de un hombre que según él “ni poseía idiomas ni profundos conocimientos de cálculo, ni conocía el globo comercial, ni sabía una palabra de legislación mercantil ni tenía noción de ciencia económica, ni jamás supo estudiar las necesidades financieras de los mercados, ni comprender las causas de las fluctuaciones en estos de los valores.”

Hombre que, pese a esas supuestas limitaciones, se había convertido en uno de los empresarios de más éxito y más influyentes de España.

Francisco había nacido rico, con estudios universitarios y buena pluma, pero una nula visión para los negocios. Sus excentricidades y, entre otras cosas su ludopatía, le llevó al desastre del que intentó salvarse extorsionando a su cuñado primero, y a su sobrino Claudio después.

Es su último libro, del que por cierto tampoco habla nada de la trata de esclavos, dice de sí mismo: “… y confieso, además, que sólo a mi nativa ligereza, a mi desinterés y a mis genialidades, se debe a que haya llegado a mis últimos años sin pan ni casa y sin más esperanzas de morir como un mendigo”.

Finalmente, reconoce que: “Podré haber cometido mil calaveradas, habré podido gastar dinero irreflexivamente, ya sea por el poco apego que le tuve siempre…”

En su segundo libro, acusa al marqués de Comillas de enriquecerse con la trata ilegal de esclavos en Santiago de Cuba. Acusaciones de las que no aporta pruebas y que le costaron la cárcel.

Con un descaro poco corriente, en el libro introdujo un capítulo donde explica que intentó extorsionar a su sobrino Claudio pidiéndole una gran suma de dinero a cambio de no publicarlo. Como agravante, cabe indicar que Antonio había muerto dos años antes, cosa que no impidió que Francisco continuara intentando extorsionar a su familia política.

El segundo marqués de Comillas ni se molestó en contestar a su tío. El libro se publicó, y tras una demanda por injurias, Francisco, “Pancho” para la familia, acabó con sus huesos en la cárcel por segunda vez.

El texto que llevó a Francisco Bru Lassus a presidio es el que cita textualmente en su placa el actual Ayuntamiento de Barcelona para justificar el cambio de nombre de la plaza:

“¿Qué os parece, españoles, esta indignidad? ¿Qué les parece a los barceloneses? Pueden estar muy ufanos de tener en una de sus plazas públicas la estatua de un chalán de carne humana, célebre por su vil crueldad en la isla de Cuba antes de serlo en la Península por sus millones y suntuosidades. Con razón podría llamarse a aquella plaza la plaza de los Negreros, porque será la rehabilitación monumental y la apoteosis radiante de todos los comerciantes de carne humana.”

Antonio López y López, se fue de su Comillas natal a trabajar en una venta en Andalucía con 14 años. Viajó sólo y trabajó duramente para después hacer las Américas trasladándose a Cuba. Fue un empresario sin gran cultura, como le acusaba su cuñado, pero con un olfato para los negocios que hizo enriquecerse a los que se asociaron con él. Era trabajador hasta la extenuación, de memoria prodigiosa y con buena vista para rodearse de los mejores. Apostó por las nuevas tecnologías de su tiempo antes que nadie. El primer barco de hélice de España fue suyo, y la primera localidad con iluminación eléctrica de España fue Comillas y pagada por él.

Jamás fue condenado por la justicia, por consiguiente, nunca le penaron por trata de esclavos. En las recientes investigaciones de Martin Rodrigo Alharilla (Un hombre mil negocios, Ariel, 2021), el autor afirma que Antonio López si estuvo implicado en la trata, pero tal y como analiza concienzudamente Eusebio Ruiz Martínez en una completa colección de artículos publicados en redes por Naucher, no existe ninguna prueba fehaciente que incrimine a Antonio López en la trata ilegal.

https://www.naucher.com/la-falseada-vida-de-antonio-lopez-introduccion-esclavos-de-una-estupidez-colectiva/

https://www.naucher.com/las-falsas-pruebas-del-pasado-negrero-de-antonio-lopez/

https://www.naucher.com/el-empresario-antonio-lopez-1-antitesis-doctoral/

Así pues, cabe preguntarse si es legítimo que un ayuntamiento condene la memoria de un personaje histórico con citas que en su momento significaron la cárcel por injurias a su autor. Resultaria lógico plantearse si acusaciones y pruebas circunstanciales que no tuvieron recorrido en los tribunales de entonces y que hoy en día serían archivadas por falta de pruebas, son argumento suficiente para dilapidar la memoria de un ciudadano.

Si en definitiva es democrático y respetuoso con la memoria que una administración pública condene sin juicio ni posibilidad de defenderse a un muerto, por muy empresario de éxito que fuera.

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