EL ASESINATO DEL CONSELLER NICOLÁS DE SAN JUAN (1706): UN CRIMEN EN MEDIO DE UNA REVUELTA

Alberto Luque, «El asesinato del conseller Nicolás de San Juan (1706): Un crimen en medio de una revuelta»

El episodio que aquí traemos a colación es el del asesinato del conceller en cap Francisco Nicolás de San Juan, nombrado coronel de la milicia barcelonesa en 1705. Fue un crimen notable, incluso con cierto aroma novelesco, perpetrado en los agitados días de abril de 1706, en que diversas escaramuzas y tremendos combates, especialmente por la toma de la valiosa fortaleza de Montjuic, enfrentaron a las tropas de la Coronela de Carlos III de Austria y la armada de Felipe V. El Archiduque había vencido la ciudad en el verano del año anterior, y valientemente se destacó al frente de sus tropas personándose en algunos combates tras las murallas e incluso a campo abierto, aunque también se le vio refugiarse en el monasterio de San Pedro de las Puellas en los momentos, efímeros, en que el ejército borbónico se hacía fuerte en la misma plaza. Justo en esos días, exactamente el 22 de abril, tras haber perdido la fortaleza, recibía allí Carlos a una turba soliviantada, insubordinada y contumaz, decidida a recuperarla a todo precio. Relata el episodio muy sobriamente, pero sin escatimar detalles importantes, Víctor Balaguer en su monumental Historia de Cataluña y de la Corona de Aragón [t. v, Barcelona, Librería de Salvador Manero, 1863, pp. 97 y ss.]. Aun sin prodigarse en análisis ni interpretaciones juiciosas, no puede Balaguer dejar de observar la anárquica conducta de aquella masa: «Viose entonces a toda aquella gente indisciplinada trepar animosa por la montaña, y sin orden ni plan, sin atender a razones ni consejos, sin esperar el apoyo de la tropa que debía combinar con ellos su ataque, despreciando las sensatas advertencias del conde de Ullefeld, arrojarse sobre sus enemigos…», etcétera. El resultado inmediato era previsible: tras un primer desconcierto por la rudeza y sorpresa del impetuoso ataque, las tropas borbónicas desbarataron fácilmente a aquella masa errática y furiosa. Y es entonces cuando se desencadena el drama que anunciábamos.

Los amotinados acuden a los campanarios de varias iglesias (del Pino, San Jaime y la catedral) para tocar a somatén. La autoridad consistorial, «deseando y procurando la mayor quietud», trata de atajar esa tumultuaria conducta y enseguida manda que cese el toque. Los rebeldes acatan la orden, excepto los de la torre de la catedral, donde siguen tañendo a rebato. Es entonces cuando el mismísimo conseller jefe se viste la toga y se encamina personalmente hacia la torre para hacerse obedecer. Obedecieron, en efecto, los que en el campanario había, pero al mismo tiempo subieron otros exaltados («fills de perdició», «poc tement a Deu», «instigats del esperit maligne») tras el conceller con el objeto de continuar la brega, y todo acabó en una simple e inapelable contestación: uno de aquellos bandidos sacó su trabuco y le pegó un tiro a Nicolás de San Juan, que cayó mortalmente herido.

(Con insuperable plasticidad y detalle lo recoge el mismo Dietario de la ciudad —que desde mediados del siglo anterior se propuso muy rigurosamente registrar todos los acontecimientos notables—; y no presenta el episodio como hecho casual y aislado, sino justamente incardinado en esa acción desordenada y rebelde, difícil de conducir, que favorece las más viles canalladas: «Dia 22 de abril de 1706. En est dia, á lo que debían ser tocadas las 7 del matí, alguns fills de perdició e instigats del sperit maligne, continuant son depravat obrar, y procurant commourer lo poble, y abent trobat lo Excm. senyor Conceller VI en la riera de sant Juan, lo feren seguir en la present Casa fent que prengués lo Estandart ó Pendó de santa Eulalia, y quel pujás á Monjuich, com en efecte, per evitar tots disturbis, dit senyor or Conseller prengué dit Estandart, lo qual per dita gent alterada se li entregá, y habentse feta la mateixa acció en la Casa de la Diputació, feren seguir un Consistorial ab lo Estandart ó Pendó dit de sant Jordi, y los conduhiren á MonJuich, y arribats allí, quedantse dit Pendó de sant Jordi, se quedá al mitx del camí de las lineas de comunicació, y lo de santa Eulalia fonch enarbolat y posat en la muralla de la fortaleza ahont estigué fins á la tarde, que com millor se pogué se escondí ab lo pretext de serse trencada la asta de aquell, y amagadament sen baixá dit senyor Conceller junt ab dit Estandart, tornant aquella en la present Casa, habent precehit que estant dit Estandart enarbolat en dita fortaleza, se doná per los naturals que anaben ab dit Estandart, se envestí á cos descubert al enemich, en la qual envestida foren morts y nafrats molts de una y altre part.

»E aprés de haber succehit axó, a lo que debian ser cerca de las 9 se ohí tocar á rebato en la Catedral y altres parts, lo que ohít per lo Excm. Consistori, desitjant y procurant la major quietut, se resolgué lo fer cessar lo tocar ditas Campanas, se feren varias y diferents diligencias, i ohint que no obstant aquellas, la Campana de las horas y lo Thomas continuaban en tocar, lo Excm. senyor Conceller en Cap, associat de 4 Caballers y Ciutadans, sen aná de la present Casa á la Catedral, y pujá en lo campanar, ahont se tocan las campanas, y al que fonch al cap de munt de la escala ó caragol, trobá alguns minyons que tocaban dit Thomas, y habentlos ne fet deixar, aparegueren alguns fills de perdició, qui instigats del esperit maligne, ab grans crits digueren que la Campana habia de tocar, y replicant dit senyor Conceller en Cap dient, no habia de tocar tant per ser orde de S.M. com per convenir á la quietut pública, no duptá un de dits fills de perdició poch tement a Deu, tirar y disparar un tir de pistola á dit Conceller en Cap, del qual restá ferit en lo bras dret passantli á la mamella, de la cual ferida en breu temps morí, cujus anima requiescat in pace. Amen.»)

Una descripción precisa y circunstanciada de los hechos en el Dietario de la ciudad estaba al alcance de cualquier historiador. Sin embargo, Balaguer es casi la única autoridad que lo menciona. No se luce este historiador por sus análisis teóricos, sino más bien por esa reducción de la historia casi a mera crónica, a exposición de los hechos sin comentario, que, según las circunstancias, resulta preferible a un vuelo extravagante de la imaginación, como el que caracteriza ahora a los intelectuales orgánicos del separatismo. Incluso el romántico catalanista Víctor Balaguer sirve para dar lecciones de rigor y objetividad a nuestros fanáticos contemporáneos. Este episodio es uno más de una innúmera colección de sucesos que los separatistas prefieren ignorar, y hasta cierto punto no resulta del todo evidente el motivo. Tanto el fanático como el prudente que milita en un bando cualquiera puede legítimamente negar que los criminales que se enredaron en su misma causa tuviesen una relación lógica y estrecha con la razón de la misma: simplemente, pueden decir, eran mala gente que va apestando la tierra y que por casualidad, aquel día, se hallaban en nuestro bando. Pero el caso es que la historiografía nacionalista prefiere ocultar los estigmas de conductas tan deshonrosas: no parecen confiar los inventores de naciones en que a los otros les convenza ese argumento de irresponsabilidad, pero eso es porque ellos mismos no lo aceptan, o sea una forma perversa de mala conciencia. Víctor Balaguer no solo recoge con toda honestidad intelectual el inocultable y ominoso episodio que hemos resumido, con todo su dramatismo y su color de leyenda, sino que advierte también esta tendencia a silenciarlo, y desde entonces la cosa no ha cambiado mucho. Pero no es cosa trivial ni fácil de explicar la ocultación interesada, o al menos sospechosa, de este suceso, ya advertida por el propio Balaguer, que la encontraba a faltar en los relatos de San Felipe y Coxe, y como pasando sobre ascuas en el de Narcís Feliu de la Peña (por ejemplo en sus Anales de Cataluña, 1709; algo similar a lo que encontramos en el artículo «Coronela de Barcelona» de la Wikipedia, la lacónica y exacta anotación: «durante los disturbios cayó asesinado el propio conseller en Cap de 1705–1706, Francisco Nicolás de Sanjuan»). Como hizo el mismo Balaguer, no había más que recurrir directamente a los Dietarios de la ciudad.

Esta honestidad de Balaguer es notable, por cuanto él mismo adopta explícitamente el punto de vista de un bando, los austracistas, o una determinada idea romántica de Cataluña, pura prosopopeya, mediante el invariable uso de un pronombre posesivo: «los nuestros», dice. Le honra que no disimule ni componga los hechos para hacer de la historia un drama que parezca surgido de un mal autor doctrinario. Se explica también esto sencillamente por su racionalismo civil: no puede aceptar en modo alguno que los viles actos de la chusma y la escoria insubordinada pasen sin censura.

¿De qué se trataba, al fin y al cabo? De un fenómeno corriente en las revoluciones violentas, cuando en lugar de contar solo y completamente con masas bien dirigidas y disciplinadas, quienes poseen autoridad permiten o hasta instigan toda acción errática, creyendo quizá que a todo se le saca partido. Y es cierto que la guerra tiene en general esta notable ventaja sobre la paz: que en ella todo vale, todo se aprovecha (como del cerdo), porque todo se simplifica, todo se supedita tiránicamente al superior y único objetivo de vencer. Pero eso raramente significa que la contienda pueda ser eficaz si la acción es anárquica o espontánea. Balaguer, tan sobrio en comentarios o interpretaciones juiciosas, expresa su crítica opinión sobre la naturaleza incivil de los alborotos levantiscos sin dirección, de la «amotinada turba» de cuyas filas es inevitable que se destaquen unos cuantos malvados. Y no solo es Balaguer quien aprecia estos bárbaros aspectos del entusiasmo popular, sino que fueron, como se ve en el Dietario, las propias autoridades quienes así lo juzgaban con claridad en su momento.

Para hacerse una mejor idea del entusiasmo irracional de aquellas refriegas, bastarán un par de notas pintorescas pero muy significativas. Según el marqués de San Felipe, nos informa Balaguer, los capuchinos se presentaban con las barbas atadas con un cordón amarillo, divisa del partido austriaco —para que los fanáticos actuales añadan este extravagante adorno de clérigos a las numerosas y poco honrosas simbologías de sus aberrantes dilecciones cromáticas. El grado de exaltación debió de ser muy alto para que unos religiosos fanáticos se significasen con ese desparpajo. Y otra cosa oportunamente destacada por Balaguer (y por otros) es la brava participación de las mujeres [cf. Rosa María Alabrús Iglesias, «La opinión sobre las mujeres austracistas y el imaginario religioso en los sitios de 1706 y 1713–1714 en Barcelona», en Cuadernos de Historia Moderna, t. 35 (2010), pp. 15–34]. Los mismos anales de la ciudad destacan que a veces se vio a las mujeres comportarse como los mejores soldados. Bastan, digo, estas solas notas para no sorprenderse del grado de vesania a que pudo llegarse en aquella agitación general en que muchos exaltados se sentirían como pez en el agua (un poco como ahora los vocingleros de los CDR y otros ciudadanos espontáneamente fanatizados).

En fin, no nos dilatemos más en sacarle punta y corolarios a las ya tristemente típicas actitudes que se nutren de ocultaciones y mentiras. Sería la enésima vez, y no sería jamás la última, que tuviéramos que acusar a una historiografía completamente ideologizada, anticientífica, que tiene el anacronismo como método, gustando de proyectar en la historia sus propios prejuicios, que infundada y absurdamente toma a Cataluña y los catalanes como sujeto agraviado y en rebelión contra la corona borbónica, aun en los casos en que se ve forzada a reconocer que esta contaba con igual apoyo de catalanes que los austracistas. Solo la oiremos exagerar el carácter «opresor» de los decretos de nueva planta, por ejemplo, y especialmente el ultimado en 1716, en lugar de contextualizarlos objetivamente en un principio centralista abogado por el pensamiento ilustrado europeo del siglo xviii y que, lógicamente, está en la base necesaria del Estado moderno. En su perverso juego de poner los relatos históricos al servicio de los fines inciviles y antiespañoles actuales, sería raro no encontrarse a cada paso con ínfulas de un orden subjetivo, sentimental, romántico. Los motivos completamente irracionales e imaginarios de la ofensa, el agravio histórico, la opresión, &c. sustituyen a la limpia, imparcial, desprejuiciada y desinteresada relación de los hechos registrados. Sólo que esta vez hemos de acusar no la falsificación, sino la simple ocultación. Por eso es casi una bendición el aire fresco que irradia la honestidad y la erudición de un catalanista romántico como Balaguer.

 

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