El mito del genocidio cultural catalán

Mitos historiográficos catalanistas

El catalanismo político, o separatismo catalán, cristalizó como movimiento político a finales del siglo XIX sobre la base del catalanismo cultural del primer tercio de dicho siglo. Desde entonces ha promovido siempre mitos históricos que pudieran crear el caldo de cultivo necesario para su proyecto. Así, se ha hablado de Cataluña como una nación existente desde el siglo X como mínimo; de los catalanes como grupo racial diferente del resto de los españoles; de una confederación catalano-aragonesa desde la Alta Edad Media; de la prohibición a los catalanes de participar en el comercio con América durante toda la Edad Moderna; de la Guerra de Sucesión (1700-1714) como invasión española de Cataluña y destrucción de sus instituciones democráticas. Y así hasta llegar a los delirios actuales del Institut Nova Historia, el cual ha llegado a descubrir que Colón, Cervantes, Hernán Cortés o Santa Teresa de Jesús eran catalanes. Todo ello irrigado con generosas subvenciones de dinero público y difusión masiva a través de la escuela y los medios de comunicación, tanto privados como públicos.
Poco importa que dichos mitos hayan sido desenmascarados por la historiografía científica, pues tienen una finalidad puramente funcional: extender la visión del mundo del catalanismo político y su ideología, en la cual un victimismo fraudulento es fundamental; buscar una base histórica –aunque sea ilusoria- para el proyecto separatista; promover un estado de opinión, apelando al sentimentalismo y la irracionalidad, que tolere la desobediencia a la legalidad constitucional y la destrucción de la soberanía nacional del pueblo español.

El tema fue esbozado, en noviembre de 2015, en la mesa redonda Los mitos historiográficos del nacionalismo catalán y su impacto en la educación, que tuve ocasión de presentar en unas Jornadas de Enseñanza promovidas por Sociedad Civil Catalana, con Oscar Uceda y Fernando Sánchez Costa. Pero es tan amplio que haría falta un congreso monográfico de larga duración para intentar analizarlo a fondo.

El genocidio cultural catalán

Uno de los mitos que con más tenacidad se ha difundido es el del genocidio cultural catalán. Un genocidio muy prolongado en el tiempo, puesto que se iniciaría en la Edad Moderna, teniendo sus momentos álgidos en el reinado de Felipe V (1700-46) con el Decreto de Nueva Planta y en la etapa franquista con la persecución y prohibición absoluta del catalán.
La realidad es que la marginación que las lenguas regionales minoritarias experimentan en la Edad Moderna, y especialmente a partir del siglo XVIII, es un fenómeno general europeo. Se produce una expansión imparable del inglés en Escocia y Gales, del alemán en Bohemia o del francés en Provenza y Bretaña, a costa del gaélico, el checo, el occitano y el bretón. Es el mismo proceso que se seguirá con el castellano en Cataluña con respecto al catalán, no hay diferencias esenciales. Eso sí: no existió jamás un proyecto de la monarquía española para hacer desaparecer el catalán y sustituirlo por el castellano. Al contrario que con la lengua árabe, cuya pervivencia se consideraba una amenaza potencial para la unidad religiosa de la monarquía española, considerada entonces un bien fundamental. En este último caso sí hubo un proyecto -exitoso, como no podía ser menos- para hacer desaparecer una lengua por motivaciones políticas. Si hubiera habido un proyecto similar con respecto al catalán, éste habría corrido la misma suerte que el árabe, sin ninguna duda. Como ha mostrado Manuel Peña Díaz, la enorme penetración del castellano en los siglos XVI y XVII en Cataluña fue debida a las mayores posibilidades de negocio que aportaba a los impresores, la facilidad administrativa que suponía el empleo de la lengua de la Corte y el deseo universalista de muchos escritores catalanes, deslumbrados por el prestigio incomparable de la lengua castellana.

Esta tendencia continuó hasta el siglo XVIII en el momento de aparición del supuestamente “genocida” Decreto de Nueva Planta (1716), promulgado por la nueva administración borbónica de Felipe V. La única referencia que hay en el Decreto a la lengua es el artículo 5: “Las causas de la Real Audiencia se substanciarán en lengua castellana”. Esta disposición no se dirige contra el catalán sino contra el latín, pues era esta lengua la empleada en la Real Audiencia. Y no sólo aquí, en toda Europa –como señala Marcelo Capdeferro- el latín había pervivido en el ámbito diplomático, cancilleresco, científico y jurídico. Es precisamente en el siglo XVIII cuando empieza una política de sustitución del latín por las lenguas vivas. Disposiciones similares al Decreto de Nueva Planta se habían tomado mucho antes en Francia, Inglaterra y diversos territorios alemanes.

Pero esto no supuso que se impusiese el castellano ni que se prohibiera el catalán. De hecho, esta lengua continuó utilizándose en niveles judiciales inferiores, así como en ámbitos literarios, económicos o familiares. Pero la tendencia a la expansión del castellano y al repliegue del catalán, iniciada en el siglo XV, continuará imparable. De manera que en 1779, el insigne historiador barcelonés Antonio de Capmany y Montpalau pudo afirmar que “el catalán es un idioma antiguo y provincial, muerto hoy para la república de las letras”.

El siglo de las lenguas nacionales

Durante el siglo XIX, en toda Europa las instituciones de los nuevos estados-nación liberales auspiciarán procesos de diglosia favorables a las lenguas nacionales. Y tanto el liberalismo revolucionario como el incipiente movimiento obrero los apoyarán. Por tanto, como explicaba el malogrado Juan Ramón Lodares, lo que ocurre en España desde 1800 en adelante no es distinto de lo que ocurre en Francia, Italia o Alemania. Con una diferencia: el grupo de lengua materna española era mucho mayor, proporcionalmente, que los grupos de lengua materna francesa o italiana en sus respectivos países. En la Francia de 1789, por ejemplo, sólo un 30 % de la población hablaba francés. Y en 1850 solo el 2% de los italianos hablaba lo que hoy se considera italiano-estándar o lengua nacional italiana.

Este largo proceso histórico no necesitó de ningún perverso agente exterior sino que tuvo causas endógenas a la sociedad catalana, como se ha señalado. Y los propios catalanes fueron los primeros interesados en adquirir la máxima competencia en castellano y en ir relegando el catalán. Esto fue reconocido incluso por el periódico oficial del catalanismo político, La Veu de Catalunya, que reconocía en su edición del 17 de febrero de 1910: “El castellano no se ha impuesto por decreto en Cataluña, sino por adopción voluntaria, lenta, de nuestro pueblo, efecto del gran prestigio adquirido por la lengua castellana”. Y no se trataba sólo de la alta burguesía, sino que esta actitud se hacía extensiva también a las clases populares. Como recuerda Jesús Laínz,  en 1906 Prat de la Riba lamentaba que las familias humildes consideraran “un insulto, una ofensa“, que se les escribieran las cartas en catalán. Y en lo que se refiere a los intelectuales, aparecen multitud de ideólogos del español como lengua nacional de España -incluso de Portugal- en la Cataluña decimonónica: Ballot, Dou, Figuerola, Claret, Puigblanch, Pi i Arimón o Bonaventura Carles Aribau. Este último es aclamado por los separatistas como padre de la Renaixença, pero en realidad dedicó mucho más esfuerzo, tiempo y entusiasmo, al igual que Manuel Rivadeneyra, a la promoción de la literatura clásica escrita en castellano, pues ambos fueron los impulsores de la célebre Biblioteca de Autores Españoles.

El genocidio cultural franquista

El franquismo es el otro gran jalón del “genocidio cultural catalán”, según los separatistas. Que insisten en que el franquismo reprimió absolutamente la lengua catalana porque era una dictadura que no respetaba los derechos de las minorías.

Apenas tomada la ciudad de Barcelona por el ejército franquista el 26 de enero de 1939, se publicó un bando del general Eliseo Álvarez-Arenas en el que afirmaba: «Estad seguros, catalanes, de que vuestro lenguaje en el uso privado y familiar no será perseguido». Ahí está la clave de la política lingüística del primer franquismo con respecto a las lenguas minoritarias: no oficialidad pero tolerancia en el ámbito privado y familiar. Es evidente que en los primeros momentos se produjeron excesos también en el ámbito privado, explicables –nunca disculpables- por la dinámica de violencia desatada por la guerra civil y el uso político que el separatismo hizo de la lengua catalana. Uso político que sigue haciendo en la actualidad, dicho sea de paso. Con el correr del tiempo, los excesos se diluyeron y el estado franquista no sólo respetó el uso privado sino que promovió el reconocimiento cultural del catalán y su aprendizaje. En este sentido, es muy revelador lo sucedido con el periodista Néstor Luján. En 1967, se publicó una carta al director en la revista Destino en la que un tal Jacinto Pujol afirmaba pertenecer al 40 % de padres que no habían aceptado las clases de catalán para sus hijos en las escuelas municipales (¡clases de catalán en las escuelas municipales en pleno franquismo!). Seguidamente, el tal Jacinto Pujol hacía una serie de consideraciones sobre el catalán de una considerable torpeza (“es un dialecto”, “mis hijos son castigados si hablan una palabra de catalán”, “veo con alegría que el catalán desaparecerá en 5 años”), junto con provocaciones fuera de lugar (“aplaudo la unión de Lérida con Aragón y juzgo muy acertado el suprimir el nombre de Cataluña por el de Región del Nordeste”). La carta en conjunto resulta una provocación tan burda, que se ha sospechado fundadamente haber sido escrita por algún separatista deseoso de demostrar que en los medios de comunicación se menospreciaba el catalán. Si fue así, su fracaso resultó rotundo. La publicación fue secuestrada y el director de Destino, Néstor Luján, fue condenado en sentencia firme a 10.000 pesetas de multa y 8 meses de prisión por “propaganda ilegal” al permitir la publicación de una carta en la que, según la sentencia del Tribunal Supremo, “se vertían conceptos de tipo ofensivo para la lengua catalana, cuyo libre uso particular y social se respeta y garantiza”.

Aprecio tradicionalista a las lenguas vernáculas

Este comportamiento de la legalidad franquista no es ninguna paradoja, como pudiera parecer, sino una actitud plenamente coherente. El tradicionalismo de raíz carlista es una de las familias ideológicas que conformó el régimen de Franco. Y una de sus características es el aprecio a las lengüas vernáculas y su recuperación, actitud esta que había comenzado con el Romanticismo. La antítesis sería el modelo jacobino revolucionario francés, que impone la lengua nacional sin ninguna consideración a los patois del Antiguo Régimen. Por otra parte, los santuarios del carlismo antiliberal en la España decimonónica fueron Cataluña, País Vasco y Navarra. Esos territorios fueron el teatro principal de las tres guerras carlistas del siglo XIX. Es un hecho el origen tradicionalista contrarrevolucionario del catalanismo y el nacionalismo vasco, a los que cabe interpretar como tradicionalismos frustrados que, al fracasar reiteradamente durante el siglo XIX en el intento de aplicar su modelo social a toda España, decidieron acotar su actividad y limitarse rencorosamente al territorio en el que tenían posibilidades reales de ejercer la supremacía. Pero cuando de nuevo la Revolución amenace con apoderarse de Cataluña en julio de 1936, Francesc Cambó –el más importante político que ha dado el catalanismo- se volcará en apoyo del bando franquista, para el que financió una importantísima red de espionaje (el SIFNE: Servicio de Información en la Frontera Noroeste de España), así como una oficina de propaganda y prensa en París.

Resultaría tedioso dar una relación completa de los premios literarios y apoyos a la literatura en catalán organizados en la época franquista. Pero tal vez no estará de más recordar algunos botones de muestra. En fecha tan temprana como 1942 aparece el libro Rosa mística, de Mosén Camil Geis. En 1945, con apoyo y subvención del Gobierno, se celebra el centenario de Jacinto Verdaguer. Se crean numerosos premios literarios anuales para libros en catalán: desde 1947, el premi Joanot Martorell (hoy día premio Sant Jordi de novela); desde 1949 los premios Ciutat de Barcelona; desde 1953, el premi Victor Català (hoy día, premi Mercè Rodoreda); Con subvención del Gobierno se celebra el centenario de Joan Maragall en 1960. En 1944 se promulga el decreto de 7 de julio de Ordenación de la Facultad de Filosofía y Letras, en el que se introducen en el programa oficial de estudios 3 horas semanales de Filología catalana. El Reglamento Notarial de ese mismo año 1944 proclama la facultad de redactar los contratos y testamentos en idioma o dialecto regionales, a instancia de cualquier solicitante.

Catalán durante el franquismo en la Universidad, libros, revistas, teatro, radio, televisión, discos

Desde el curso 1952-1953 funcionaba en la Universidad Central de Madrid la cátedra “Juan Boscán”, de lengua y literatura catalanas, instituida meses antes en un consejo de ministros celebrado en el Palacio de Pedralbes; y en el otoño de 1967 la Diputación de Lérida crea una cátedra de cultura y lengua catalana en el seno del Instituto de Estudios Ilerdenses. En 1961 se había fundado Omnium Cultural, para promover la lengua y la cultura catalanas, por Fèlix Millet i Maristany, banquero y excombatiente franquista, padre de Fèlix Millet i Tusell, protagonista del célebre caso de corrupción del Palau de la Música bajo el pujolismo.
A partir de los años 40 se editan revistas de todo tipo en catalán: Dau al set, Canigó, Oriflama, Àncora, Presència, Tele-Estel, Serra d’Or, Miscellanea Barcinonensia, etc. En cuanto a literatura infantil, se editaban en catalán En Patufet, Astérix, Tintin o Cavall Fort. El año 1962 se crea Edicions 62, que en pocos años se convierte en una editorial capaz de crear un catálogo de más de 4000 títulos, sacar una colección de bolsillo muy popular (El Cangur) y alcanzar niveles de venta muy notables para un mercado reducido como es la edición en catalán (casi 1. 400. 000 ejemplares de Mecanoscrit del segon origen, de Manuel de Pedrolo). Desde principios de los años 60 se consolida la canción en catalán con la Nova Cançó: Salvador Escamilla, Guillem d’Efak, Núria Feliu, Maria Dolors Laffitte, Mercè Madolell , Guillermina Motta, Francesc Pi de la Serra, Maria del Mar Bonet, Lluís Llach , Joan Manuel Serrat, Ovidi Montllor o Pau Riba.
En 1945 se inician las emisiones de radio en catalán con una adaptación radiada del poema Canigó, de Verdaguer. A partir de ese momento, se fueron introduciendo de modo creciente las emisiones de teatro radiado en catalán, consolidándose plenamente en los años 50. Desde 1964 hay programación en lengua catalana en el circuito catalán de Tve, 8 años después de la primera emisión televisiva en España.
Los teatros presentan obras en catalán desde los años 40, como El prestigi dels morts de Josep María de Segarra (teatro Romea, 1946). Por no hablar de las populares representaciones navideñas de Els pastorets, omipresentes en todos los pueblos de Cataluña desde el final de la Guerra Civil. Por el contrario, en el bando republicano se jugaba la vida, literalmente, cualquiera que promoviera -en catalán o en castellano- actividades culturales o festivas de temática religiosa, como prueba el fusilamiento en agosto de 1936 del alcalde de Lérida Joan Rovira Roure, de la LLiga Regionalista, por el delito de haber autorizado una cabalgata de Reyes en la capital catalana.

Catalán en la escuela franquista

Y en lo que se refiere a la educación, desde los años 60 – como recuerda José Piñeiro Maceiras- es posible el uso de las lenguas regionales en los centros de enseñanza Primaria y Secundaria, con base en las ponencias del Consejo Nacional del Movimiento (“La política en esta materia debe ser el reconocimiento del hecho idiomático y el estímulo de la ejercitación literaria y académica del idioma vernáculo, como factor que ponga de relieve la variedad dentro de la gran síntesis española”. IX Consejo Nacional de FET y de las JONS, 1961-1964). En 1960, los alumnos del Instituto de Enseñanza Media de Gerona organizan el I Certamen Literario Estudiantil, tanto en castellano como en catalán. En enero de 1967 la Diputación Provincial de Barcelona aprobaba la enseñanza del catalán en las escuelas y colegios de su competencia. Y el Ayuntamiento de la ciudad condal hacía otro tanto, en relación con sus escuelas municipales.

En 1970 se promulga la Ley General de Educación del ministro Villar Palasí, que recoge ya en su articulado la enseñanza obligatoria de las lenguas vernáculas en las etapas de Preescolar y Educación General Básica.  Decía su artículo 14.1 que la educación preescolar comprende juegos, actividades de lenguaje, incluida, en su caso, la lengua nativa…; y el artículo 17.1, añadía, en relación con la Educación General Básica: Las áreas de actividad educativa de este nivel comprenderán: el dominio del lenguaje mediante el estudio de la lengua nacional, el aprendizaje de una lengua extranjera, y el cultivo, en su caso, de la lengua nativa… La Ley preveía que la reforma habría de desplegarse en un plazo de diez años. La crisis económica de 1973, así como la oposición de ciertos sectores, provocó retrasos en la aplicación. Con todo, el 1 de julio de 1975, el Ministerio publicaba en el Boletín Oficial del Estado un decreto por el que se regulaba la incorporación de las “lenguas nativas” en los programas de los Centros de Educación Preescolar y General Básica, en desarrollo de la ley educativa del 70. Y el 15 de noviembre de 1975 se publica el decreto 2929/75 de 31 de octubre por el que se regula el uso de las lenguas regionales españolas, en el que se recoge: “Las lenguas regionales son patrimonio cultural de la Nación española y todas ellas tienen la consideración de lenguas nacionales. Su conocimiento y uso será amparado y protegido por la acción del Estado y demás Entidades y Corporaciones de Derecho Público (…) Las lenguas regionales podrán ser utilizadas por todos los medios de difusión de la palabra oral y escrita, y especialmente en los actos y reuniones de carácter cultural. Cinco días más tarde, la muerte de Franco interrumpe este proceso de incorporación paulatina de las lenguas regionales, dando paso a un cambio de régimen político por medio de una rápida transición a un estado homologable con las democracias de nuestro entorno. Para entonces, la izquierda española ya había asumido mayoritariamente los postulados del tradicionalismo, con su obsesión por los hechos diferenciales y las lenguas particulares, así como las falsedades históricas del separatismo. Pero esta ya es otra historia.

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Francisco Oya
Profesor de Historia en el IES Joan Boscà de Barcelona. Licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad de Barcelona. Diplomado en Teología por la Facultad de Teología de Cataluña. Diplomado en Filología por la Universidad de Barcelona. Presidente de la Asociación de Profesores por el Bilingüismo (APB), fundada en 1994, asociación pionera en la lucha por el derecho a la enseñanza en lengua materna y la oposición al adoctrinamiento en la escuela. Coordinador de Enseñanza del Sindicato de funcionarios CSIF en Barcelona.

3 COMENTARIOS

  1. Gracias por el articulo y documentar con datos y no con opiniones, una de las muchas mentiras que intentan imponer desde instituciones nadas rigurosas. Como no tienen argumento donde acogerse y demostrar sus afirmaciones, solo les queda el MANTRA.
    Sería interesante vídeos con esta información y ponerlos en YouTube para poder verlos y mandarlos a la gente.
    Saludos.

  2. El mito del genocidio cultural….es súper interesante .Necesitamos que queden las cosas claras ya que hay demasiada desinformación interesada..Muchas gracias

  3. Francisco, muchas gracias por el artículo. Me encantaría difundirlo en mis redes sociales pero te confieso que sin citas , referencias, bibliografía, etc para apoyar lo que afirmas, tiene poca credibilidad.

    Podrías añadirlas? Sería genial.

    Saludos

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